Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

jueves, 23 de marzo de 2017

Selección poética de Harmonie Botella



PUTA

Puta. Me llaman Puta
y nací virgen, incauta y sensible.
Mis auroras eran primaveras,
mi vida era dura pero honesta.
El hambre me expulsó de mi tierra
y llegué a un mundo llamado paraíso.
Paraíso para los demás, no para mí.
La hambruna se apoderó de mi alma
y marcó con un látigo a mis hijos indefensos.
La calle, la calle fue la única solución.
Destellos rojizos y plateados
engalanaron mi cuerpo flácido.
Mis ojos vacíos se adornaron
de tonos agresivos y hechiceros
que escondieron la amargura de mi mirada.
Soy mujer de la noche.
Mis labios incandescentes y bermejos
llaman al cliente furtivo.
Mis manos afiladas, de uñas carmesí
acarician la espalda de los transeúntes
mi yo artificial sucumbe con repulsión
al fervor asqueroso de la bestia en celo.
Cuerpo y alma lacerados, violados,
heridos y explotados.
Este es mi destino.
Destino de puta.


CHANEL NÚMERO 5

Un pergamino diáfano, con reflejos de mercurio,
ciñe tu cuerpo inseguro, tambaleante y postizo.
Carmín, fuego agresivo, garras de esmalte rubí
adornan el acabado de tus indolentes manos mártires.
Un eye-liner rectilíneo enmarca
el precipicio insondable de tus dilatados
y tumefactos fanales sombríos.
Un aroma falso de Chanel número cinco
embalsama tu cuerpo
y unos tacones erizados te ayudan
a subyugar tu peregrinación traidora.
Enmascarada de mujer soberana, potente y rica
deambulas como una alma sin fuerza
por la existencia con tu padecimiento interior,
anhelando que la vida te regale
el albor de la esencia vital.
Vergüenza y miedo son el pan de cada día,
vergüenza y miedo te impiden gritar al mundo
que eres una mujer mortificada,
que eres una mujer maltratada



QUIERO OLVIDAR

Quiero olvidar a este hombre que murió
porque no opinaba como los míos.
Quiero callar el suspiro sombrío
de estas amapolas negras
que crecieron sobre los cuerpos vencidos,
estos cuerpos que yacen en el sepulcro del rencor,
y que mueren cada día un poco más
porque la misericordia tiene amnesia.
Quiero olvidar estos seres descarnados,
estos ojos que veían la muerte,
estos labios que presentían la tortura,
estas manos que se agarraban a las alambradas
de los campos de la ignominia.
Quiero olvidar a esta mujer que tuvo la culpa
da amar al que no ganó la paz,
a este mujer que arrastra su alma atormentada
por un campo segado de amor y de cordura.
Quiero olvidar a esta mujer sin luz
que mora en la agonía de los días que fenecen.
Quiero olvidar a estos huérfanos del exilio
que vagan por el mundo sin saber a qué tierra pertenecen
porque un día maté a un hermano
que no opinaba como los míos.



TRESCIENTAS LUCES


Centelleos de primavera entre flores,
verduras, tenderos y estallidos
se disolvieron bajo las bombas y pesares.
Guiños aduladores e castos
resistiendo a la metralla homicida
se transformaron en muecas de dolor insolentes.
Noventa verdugos ennegrecidos
sobre los colores irisados y resplandecientes
con los estruendos sordos y asesinos
licuaron la sangre de los inocentes.
Trescientos albores se desvanecieron
en los relámpagos de una oscuridad tétrica
que los malditos pájaros del odio profirieron.
Trescientos candiles se apagaron
cuando las sirenas de Alicante
como desquiciadas a la muerte aullaron.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Undécima edición del concurso Literario Internacional Ángel Ganivet.



Como cada año a lo largo de la última década, el Concurso Literario Internacional Ángel Ganivet vuelve a abrir sus puertas. Esta edición, sin embargo, a pesar de mantenernos fieles a nuestros objetivos y directrices, llegamos con algunas novedades y sorpresas bajo el brazo que estamos seguros avivarán el entusiasmo de nuestros seguidores.
Para empezar, junto a las bases del concurso, presentamos ahora la antología de textos ganadores y finalistas en la pasada edición, es decir del 2016. Me consta que era algo largamente deseado, que muchos de nuestros participantes demandaban desde hace tiempo, así que no me cabe duda que generará gran expectación. Hemos tardado en dar el paso, pero hemos afrontado el reto con la seriedad que merece. Ofrecemos, o así lo esperamos, un resultado escrupuloso y a la vez atractivo, siempre respetuoso con el autor y su obra, sobre el que hemos procurado verter rigor y afecto a partes iguales, y que creemos digno de ser distribuido entre nuestra extensísima base de datos para que llegue a editores, críticos, estudiosos de literatura, docentes y otros compañeros escritores, con el fin de dar visibilidad al talento de nuestros participantes. Deseamos de todo corazón que este esfuerzo se convierta en fuente de felicidad para los autores antologizados y deleite a los lectores, que seguramente serán numerosos.
Por otro lado, desde hace tiempo proyectábamos celebrar la entrega de premios de nuestro certamen en España, patria del escritor que nos da nombre, y finalmente este año vamos a hacer realidad ese deseo. Ahora que la hospitalaria y cosmopolita Madrid acogerá la ceremonia, esperamos tener la oportunidad de conocer más de cerca a algunos de nuestros participantes, pues sin duda Madrid ofrecerá una localización más accesible que Helsinki para buena parte de los escritores en lengua hispana.
Llamo la atención sobre un pequeño detalle que seguramente no pasará desapercibido: como nuestros participantes observarán en la bases, este año, por motivos de agenda, la fecha límite para la recepción de obras se anticipará ligeramente, cerrándose el 15 de julio.
Y hasta aquí las novedades. Pero como mantener las tradiciones que ya se han revelado enriquecedoras parece razonable, también en esta edición, siguiendo los criterios que nos distinguen, nos hemos asegurado de reclutar a grandes profesionales de la literatura, investigadores y escritores de sólido juicio, que nos privilegiarán con su colaboración y trabajarán incansables hasta ofrecernos un veredicto ponderado e imparcial. Ese equipo de excepcionales jurados será dado a conocer una vez se haga público su fallo, a mediados de noviembre.
Igual que en los últimos años, una vez más el pintor español Alejandro Cabeza  retratará al óleo a nuestro ganador o ganadora. Como sus muchos admiradores saben, Cabeza comenzó a pintar escritores reputados hace casi quince años, y actualmente su colección de retratos dedicados al mundo de la literatura se acerca al centenar. Muchos de esos cuadros pertenecen a las colecciones de conocidas pinacotecas públicas, han pasado a formar parte de los fondos de diversas casas museo de escritores o son custodiadas ahora por instituciones consagradas a la conservación del patrimonio lingüístico y literario. Con el tiempo, convertidos en reconocidos autores, no nos extrañaría encontrar los retratos de nuestros premiados en museos regionales o nacionales. Confiamos en el talento y perseverancia de todos ellos, y compartimos su felicidad y orgullo cuando les vemos alcanzar sus objetivos. Entre tanto, podemos confirmar que el retrato de nuestro último ganador, Ramón Cortez Cabello, está ya en México y, según nos cuenta con entusiasmo el modelo, acapara la atención de familiares, amigos y compañeros.
Como viene siendo habitual, también en esta edición del certamen contaremos con el valiosísimo respaldo de diversas Embajadas de países hispanohablantes. Agradecemos la cálida acogida que nos ha dispensado en Madrid el ámbito diplomático, embajadores y agregados culturales que, siguiendo el ejemplo de sus homólogos acreditados en Helsinki, que durante tantos años nos han honrado con su amistad, han decidido comprometerse con nuestra causa inmediatamente y sin vacilación alguna, ofreciéndose a promover la difusión de este certamen, que pretende fomentar la literatura en lengua hispana, entre sus compatriotas. Con una clara vocación de servicio hacia la cultura, nos han confirmado ya su asistencia a la futura entrega de premios, pues desean homenajear con nosotros y nuestros participantes a los ganadores, sean cuales sean sus nacionalidades, y festejar una victoria que significa la de todos y cada uno de quienes compartimos este rico patrimonio lingüístico y literario.
Quienes hemos residido fuera de nuestros países de origen, especialmente en lugares de habla no hispana, sabemos que, aún cuando nos integremos perfectamente en la cultura y lengua de acogida, conservar los lazos con nuestras raíces supone una necesidad y un derecho que no siempre resulta fácil ejercer. A veces incluso conservar la propia lengua se vuelve complejo. Y en este sentido las Embajadas, con sus actividades culturales o su apoyo a las actividades de otras organizaciones, desempeñan un papel esencial: un elemento de cohesión, un vínculo con la patria lejana. Por ello deseo tener un reconocimiento especial para aquellas Embajadas en suelo español que han confirmado ya su respaldo a este evento. Entiendo que el interés que demuestran hacia iniciativas como la nuestra es reflejo de la sensibilidad de sus respectivos gobiernos en la búsqueda del bienestar integral de sus ciudadanos, una de cuyas principales facetas es la cultura y el derecho a conservar la lengua materna incluso fuera de sus fronteras. Además, la labor informativa que desarrollan las Embajadas se revela fundamental, y a menudo explica que la noticia de nuestra existencia llegue hasta los rincones más recónditos del globo y estimule a participar en este certamen a escritores residentes en lugares realmente exóticos.
Con su actitud y gestos, en una tácita pero paradójicamente elocuente declaración de intenciones y prioridades, las Embajadas que nos honran con su amistad demuestran que, para sus respectivos países, sus compatriotas escritores suponen motivo de orgullo y se les considera excelentes embajadores para la cultura y tradiciones de sus estados.
Agradecemos también su incalculable apoyo a las Universidades españolas y latinoamericanas, referentes culturales encargadas de preservar el saber, pero también de albergar el debate imprescindible para seguir avanzando en el pensamiento. Ellas, sin duda, han sabido entender que la literatura nos ofrece una de las armas más poderosas de las que disponemos para construir hombres y mujeres mejores en el futuro.
Una particular simpatía hacia nuestra labor hemos encontrado en la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura ‒organismo internacional de carácter gubernamental creado en 1949 para la cooperación entre los países iberoamericanos en el campo de la educación, la ciencia, la tecnología y la cultura en el contexto del desarrollo integral, la democracia y la integración regional‒, que ha decidido honrarnos con su respaldo. Ello nos enorgullece de forma especial, pues entendemos que esta institución comparte con nosotros muchos sólidos principios de justicia y solidaridad, y su labor en favor de la educación merece toda nuestra admiración y respeto. Porque como decía Alberto Assa, humanista turco otomano de origen sefardí, políglota, brigadista internacional en la Guerra Civil Española y fundador del Instituto de Lenguas Modernas a su llegada a Barranquilla, ejemplo de sincretismo cultural y de tolerancia que se declaraba “bizantino de nación, pero francés de educación, alemán de formación, español de vocación, catalán de corazón, canario de «añoración», y barranquillero de adopción y afición”: “No habrá desarrollo sin educación, ni progreso sin cultura”. Aunque, como no puede ser de otro modo, citaré también a dos grandes iconos latinoamericanos: “La educación es fundamental para la felicidad social; es el principio en el que descansan la libertad y el engrandecimiento de los pueblos” (Benito Juárez); “Las naciones marchan hacia su grandeza al mismo paso que avanza su educación” (Simón Bolívar).
No hace mucho Paulo Speller, secretario general de la OEI, en viaje por Bolivia, ponía de manifiesto a lo largo de una conferencia dictada en la Cancillería boliviana cómo, coexistiendo con la rica diversidad lingüística que tiene América Latina ‒digna de ser preservada y que también actúa como factor de unidad regional y amplía nuestras fronteras mentales‒, la lengua compartida, facilitando la comunicación y con ello la comprensión, posibilita al tiempo la tolerancia y la grata convivencia entre las gentes. Creo que, en este sentido, quienes compartimos el español como lengua debemos sentirnos orgulloso, pero también responsables de hacer honor a este legado que ha de formar parte de un gran proyecto, cada día más firme, de hermandad entre los pueblos. Porque, como asegura la sabiduría popular, hablando se entiende la gente.
Una vez más, toda nuestra gratitud para las instituciones y medios que se solidarizan con nosotros y se implican fielmente, año tras año, en la difusión de nuestras noticias. Imposible recordar aquí todos sus nombres, pues son muchos; pero su generosidad, la de cada uno de ellos, jamás nos pasa desapercibida.
Por último, me resisto a cerrar esta presentación sin proponer una brevísima reflexión sobre la antología de textos ganadores y finalistas del 2016. El libro se abre con Medio Real, de Ángel Olgoso, y se cierra con Crónica de un maestro, de Ramón Cortez Cabello, ganador de la pasada edición. Medio real propone un relato de argumento cervantino y metaficcional, lleno de ricas referencias intertextuales. Crónica de un maestro homenajea a un docente mexica, custodio y transmisor del patrimonio de su pueblo, pero al tiempo intérprete y mediador ante los conquistadores españoles. En medio, toda una amplia gama de tramas, personajes y situaciones que retratan a nuestros finalistas, pero también a sus respectivas comunidades e identidades culturales.
La forma de estructurar esta antología naturalmente no es arbitraria, y creo que refleja con claridad dos de nuestros objetivos esenciales: poner de manifiesto la importancia de proteger y enriquecer nuestro patrimonio cultural ‒tanto el común que compartimos como, al tiempo, el regional que nos hace únicos‒ y establecer una cierta analogía entre España y América Latina, revalorizando las afinidades que existen a ambos lados del océano. Porque es tanta la simpatía y afecto que nos profesamos. Tanto lo que nos debemos los unos a los otros recíprocamente; ninguna de las dos orillas habría sido lo mismo sin la otra. Porque somos, ambos, un espejo en el que, respetando nuestras respectivas idiosincrasias, mirarnos. Para descubrir que, al final, es mucho más lo que nos une que lo que nos diferencia.
Y es que, donde otros se empeñan en construir muros, nosotros queremos seguir tendiendo puentes a través de una de las riquezas que más nos define, la lengua. Y con la generosa ayuda de todos aquellos que comparte nuestros objetivos y de una forma u otra colaboran con nosotros, estamos seguros de que lo lograremos. Decía Aldous Huxley que “gracias a las palabras, hemos sido capaces de elevarnos por encima de las bestias y gracias a las palabras nos hemos hundido a menudo al nivel de los demonios”. Especialmente en estos tiempos oscuros, yo os pido que, recordando la responsabilidad social del escritor, trabajéis con redoblado ahínco para elevar a vuestros semejantes, para preservarles de la ignorancia y los prejuicios que acechan, para hacerles cada día un poco más libres. Porque como aseguraba ya en el siglo XVI el humanista y filósofo español Juan Luis Vives ‒perseguido por la Inquisición por profesar la fe de Moisés y emigrado a Inglaterra, donde trabó amistad con Tomás Moro‒, “la tiranía de la ignorancia es la más dura y lóbrega de las esclavitudes”.



Nuestras BASES, TRÍPTICO y FICHA-RESUMEN permanecerán a disposición de todos los interesados. Cualquiera que desee colaborar en su difusión podrá descargarlas y compartirlas en sus respectivos Web, blog o redes sociales. Queremos convertirnos en una comunidad literaria en lengua hispana cada día más grande y más estrechamente unida. Con vuestra ayuda estamos seguros de que lo conseguiremos.


Para más información:


Salomé Guadalupe Ingelmo
Coordinadora del Certamen Literario Internacional Ángel Ganivet

lunes, 20 de marzo de 2017

Descuento de Navidad



Las rosas de hoy, las que vemos en los parques y jardines públicos de cualquier pueblo o ciudad, ya no huelen como antes. Es lo de siempre: casi nada es como antes, a veces es incluso mejor. Pero sí, cuando yo era niño, medio siglo arriba o abajo, las rosas tenían un aroma tan intenso que si ahora oliera una podría dibujar con toda fidelidad momentos cumbres de mi infancia. Es decir, todos. Y hasta la fisonomía de mi pueblo, minúscula aldea castellana que hace arrumacos al Riaza y se cuadra ante el Duero. Nunca, ni con el más fiel perfume de rosas he vuelto a disfrutar de la embriaguez de aquellas de un rojo intenso, rojo sangre que decían los mayores, de las que con tanto esmero se ocupaba mi abuelo. Eran rosas públicas, patrimonio del pueblo, patrimonio de cada hogar y de muchos corazones obligados a depositar parte de sus vidas en aquel jardín común, campo al que llamaban santo y que aligeraba de defectos tanto a vivos como a muertos.

Pues bien, mi abuelo lo cavaba, escardaba, regaba y abonaba. Mi abuelo era el enterrador del pueblo y me llevaba con él cada vez que había de entregarse a estas labores.

Mi abuelo debía ser ateo, nunca lo supe con seguridad, ni hoy me importa, pero sí, debía de serlo por detalles posteriores en la vida familiar. Bueno, pues ateo y todo un año cargó conmigo sobre sus hombros, a burrucutxus decimos en mi tierra adoptiva, durante varios kilómetros como ruego, voto o promesa a la Virgen de los Huertos para que me curara de una parálisis. Nunca sabré, y creo que es lo de menos, si me curé o simplemente volví a andar porque así tenía que ser dada la causa del mal que me aquejaba, aún hoy desconocido por mí.

Mi abuelo era tan entrañable que yo rezaba para que también él nos visitara. El año que lo hizo era yo la criatura más feliz del mundo. Tan feliz como cuando estaba con él en su pueblo, que también era el mío y que me gustaba tanto como el adoptivo. Desprotegido de arbolado y a merced de los vientos cantábricos, el lugar muestra una espléndida panorámica en días sosegados, cuando sol y temperatura nos dispersan a los críos por el prado.

Sólo tres familias habitaban por entonces en el cerro, dos de ellas tan cercanas físicamente como alejadas en el ánimo. Nosotros vivíamos un poco alejados de ambas.

Mario, apodado Matatxú, vivía en la casa grande, casi una mansión, era hijo único como única era su voluntad para los suyos. Y para todo aquel que tuviera la mala suerte de mantenerse cercano. Ello no significaba por fuerza que su apodo estuviera siempre justificado; tal vez nunca lo hubiera estado de no tener las rencillas familiares efectos tan expansivos.

Ocupantes de la contigua vivienda, miniatura que parecía creada para servir a la primera, Darío y Marcelo no podían evitar pensar en Matatxú cada vez que oían de su padre que El ser humano había nacido para bestia y aún no se había dilucidado en qué momento quedó a medio camino. Pese a lo cual, los hermanos tenían una irrefrenable tendencia a justificar el sobrenombre del vecino más que en los palos que daba en la envidia que provocaba, ya que no había día que no deslumbrara a la chiquillería con una adquisición nueva. Y con un «¡Qué te van a traer a ti, desgraciao! Contento vas con que no se os caiga la chabola encima.» Esto podía ir tanto para Darío como para Marcelo, quienes preferían callar porque siempre le tuvieron por mucho más pobre que ellos por el simple hecho de no tener quien le rompiera los juguetes en casa. Y lo veían solo y refunfuñando todo el día por causa de su soledad. Marcelo y Darío no dejaban de dar las gracias todos los días a sus padres, tanto por el hermano como por haberlos llevado a vivir en aquel desierto verde. Paraíso al amanecer y cárcel al llegar la tarde, como les gustaba bromear desde que descubrieran la dureza invernal.

Yo sabía todo esto porque los trataba mucho y era feliz cada vez que mi madre me invitaba a compartir algo con ellos, como cuando les llevé unas sillas aún en buen estado; mi madre los había visitado para darles la bienvenida y, advertida la carencia, encontró la disculpa ideal para hacerse con unas sillas nuevas. De ambos hermanos hablaba todos los días con mi abuelo el año que decidió pasar la Navidad en nuestra compañía.

La víspera de Reyes, endemoniado día de pugna entre lluvia y viento y, por lo mismo, obligado a permanecer enclaustrado, no encontré mayor distracción que remover toda la casa, armarios incluidos, para enseñar hasta el último detalle a mi abuelo. Entonces fue ella, y es que dados los antecedentes en que le había ido poniendo, tanto mi abuelo como yo nos dimos a la tarea de futuros reyes magos con el mismo entusiasmo. Los emocionados padres de Darío y Marcelo no sabían qué agradecían más, si la generosa dádiva o el esfuerzo de habérselos llevado en tan atroz día.

Volvimos a casa empapados y, como diría Cervantes, todo rotos; mi abuelo hasta llegó a sentirse mal. Le pedí que se acostara y que durmiera; yo mismo, por acompañarlo, me quede dormido junto a él. Cuando despertamos era ya de madrugada; se ve que mis padres no quisieron despertarnos. Desde mi cama les oía hablar fuerte; demasiado fuerte para lo que acostumbraban, mi madre incluso lloriqueaba. Me acerqué a su puerta en silencio y me mantuve unos minutos intentando captar la conversación.

«¿Pero tú estás segura de que los compraste?, preguntaba mi padre. Cómo no lo voy a estar, si es lo mismo que hago siempre, respondía ella sollozando; claro que los compré y los traje a casa, y los guardé donde los guardo siempre.»

O sea, que siempre lo han hecho así. No lo reyes, sino ellos.

«¿Los compraste donde Tomás?, preguntaba mi padre, En ese caso allí estarán mañana».

«¡Sí!, ¿y hoy? Una cosa es no darle nada mejor, y otra que no reciba nada».

«Vamos, cálmate, rogaba él; dale algo de dinero y hazle sentir que es su propio rey mago. Y no te preocupes más; le diremos que ha habido un error en... En lo que sea... Y como yo tengo pendiente el cobro de unos atrasos en cuanto podamos le compensaremos; tal vez con los Reyes que siempre quisimos darle».

Buena la hemos hecho, dijo mi abuelo en cuanto se lo conté. Lo mejor que podemos hacer ahora es dormirnos y tratar de explicárselo mañana; conociendo a tus padres, sabes que te comprenderán, después de todo viene a ser lo mismo que hacen ellos.

Pero yo sabía que no podría dormir; sabía que ellos no tenían mucho dinero y que esa noche no podrían descansar por mi culpa. Por la tuya no, decía mi abuelo, que para algo soy mayor que tú, para tener más conocimiento. ¿Quieres que te cuente historias para que nos volvamos a dormir? Aún recuerdo una de las más bonitas que me contó esa noche, nada menos que, según él, el origen de la minería de mi pueblo. El que ahora es ya el mío.

Verás, me dijo, esta historia empezó hará unos doscientos años, cuando un preso al que conducían al destierro, al otro lado del mundo, logró zafarse de sus guardianes. Agazapado entre la tupida vegetación y agradecido a la complicidad de la noche, quiso la suerte de este prófugo que no volvieran a capturarlo, si bien recibió al nuevo día con la misma ira con que había recibido los latigazos de sus guardianes. ¡Maldito delator!, gritó al sol, ojalá te hundas en las profundidades del agua. «Vana imprecación la tuya, reo vil, dijo el Astro. Vana porque todo espacio es mío y puedo asomarme a él cuando me plazca. Quien no valora la libertad no merece disfrutarla. Desde ahora te condeno a vivir con las extremidades inferiores sumergidas y las superiores laceradas por mis rayos allá por donde quiera que vayas. Vagarás sin descanso y crecerás hasta que yo diga basta. Tus largas piernas sentirán el frescor de un agua que jamás calmará la sed que yo te iré produciendo. Y el día que la calme, no será con agua, sino con sangre. Tú mismo la harás brotar de una montaña sobre la que yacerás agotado. Será tu única oportunidad de salvarte; de cómo la resuelvas, no sólo dependerá tu vida, sino la de muchos humanos.»

Su errabundo peregrinar comenzó en el Mar de Tasmania, con la luz de los primeros rayos de sol infiltrándose en el agua. Se cuenta que partió rabiando, que atravesó el Pacífico en idénticas condiciones, que cruzó el istmo de Panamá de una zancada y que llegó al Cantábrico perseguido por todos los vientos de Nueva Zelanda. Se paró frente al ángulo del golfo de Vizcaya y no ocurrió nada. ¿Podría creerse que se había enternecido Helios? El gigante sumergido apoyó la mano izquierda en Biarritz y la derecha en Vizcaya, inclinó la cabeza hacia sí, como si meditara, y lanzó un sonoro suspiro seguido de un perceptible silencio. He aquí tu ocasión, proclamaba ese silencio. Sal del agua, camina sobre tierra y que la sombra te cobije. Indultado por las más altas instancias, sintió el gigante ceder la humedad bajo sus plantas. Miró a su derecha; a su izquierda... Y se quedó en Vizcaya.

Había pisado tierra firme; quedaba saciar la sed. Aplastando a su paso alfalfas, maíz, judías o lechugas, aspaba los brazos hacia las nubes y no en ademán de súplica. «¿Qué más quiere el Sol de mí?» Enloquecido por la sed, siguió su marcha hasta desplomarse sobre una frondosa y húmeda colina sin que encontrara el manantial que proclamaba. A su ira siguió un golpe y al golpe un torrente, más no de agua. El gigante bebió sin medida, sin saciar la sed en aquel fluir de sangre que no cesaba. Más de dos generaciones sufrieron al irredento sobre aquellas montañas.

¿Te lo has inventado tú, abuelo?, preguntaba yo incrédulo de que un enterrador de pueblo supiera tanto. Nunca trabajé en las minas, decía él orgulloso de despertar mi insaciable interés, pero sé muy bien su historia, la aprendí cuando era enfermero en Madrid, antes de preferir las orillas de nuestro querido Duero. Y guiñaba un ojo cuando decía lo de «nuestro».

Abuelo, le decía yo, ahora tendré que decirles lo que ha pasado. Sí, convenía él, pero sólo para que se queden tranquilos. Tendré que decirles que Darío y Marcelo no reciben regalos. Ni siquiera saben quiénes son los Reyes Magos; me lo dijeron un día, me dijeron que a ellos no los visitaban nunca. Y nunca quiere decir que jamás han tenido juguetes. Eso es lo peor que hay. Eso tiene que ser muy jodido, como dice papá cuando se le escapa el tren de las cinco de la mañana. Aunque poco, a mí siempre me traen algo. Sólo que cuando veo las cosas que le traen a Matatxú he llegado a pensar que sus padres sí sabían pedir cosas a los Reyes, o que los que conocen papá y mamá son mucho más aburridos.

Después de recibir las monedas con una alegría inusual —como que era la primera vez que me daban dinero el día de Reyes—, vi que mi madre me miraba desayunar un tanto desconcertada; hasta la mermelada de cereza que ella misma hacía y que no solía alabarle a diario me parecía en ese momento maravillosa y se lo demostraba.

Luego me acerqué hasta el pueblo deseando encontrarme a los hermanos para disfrutar de su alegría. No tardaron en aparecer, radiantes y cargados de juguetes como no se atrevieron a imaginar, decían.

¿Sabes lo que más nos gustaría? Ir a tu casa para darle las gracias a tu madre, la mía dice que es un ángel. Y la madrina de nuestra buena suerte.

Aquello me mosqueaba un poco; cierto que entre los juguetes que llevaban estaban los que hubieran sido míos, pero también otros mucho mejores.

¿Qué le han traído a Mario?, pregunté por salir de mi turbación, sin que me importara la suerte de ese Matatxú de mierda. Seguro que está por ahí pavoneándose con toda su metralla a cuestas.

No lo sé, dijo Darío; cuando venía para acá vi pasar a la ambulancia que venía de su casa. Oí decir algo sobre la dipteria. Ha debido ser de madrugada, porque yo le vi por la tarde y me acorraló con que si le iban a traer una moto, una goitibera...

Lo siento, dije, tampoco era eso.

Nosotros también lo sentimos, dijo Marcelo; no nos gusta que nadie sufra, y menos ahora que somos felices, ahora que nos vamos a Disney de América; a nuestros  padres les cayó  la lotería.

Ya no me importa irme mañana, me dijo mi abuelo; viéndote tan feliz no podía yo irme más contento.

Mi abuelo era el enterrador del pueblo. Nunca supe por qué lo llamaban el abogao.

María Jesús Benedicte Arnaiz